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Que la vida te elija, elegir la vida

  • Juan
  • 27 ene
  • 4 Min. de lectura

Hay dos tipos de personas.

Las que nacieron con un don y lo disfrutan. Su talento reluce desde muy temprano e ilumina tanto al portador como a quienes le acompañan. La etiqueta desciende plácidamente desde las alturas para posarse en sus hombros como si de una capa de superhéroe se tratara.

Inteligencia, simpatía, tenacidad, diligencia, habilidad, fuerza, belleza… Las categorías a las que pertenecen estos dones no son muchas más, aunque puedan adoptar nombres más sofisticados o políticamente correctos.

Y luego están quienes también nacieron con un don, pero este, en lugar de impulsarles, les pesa.



Aquí empiezan los matices.



Como escribió Tolstói en Ana Karenina, todas las familias felices se parecen, pero cada familia infeliz lo es a su manera. Él hablaba de familias; aquí podríamos decir lo mismo de las biografías psicológicas.


El don pudo ser visto y fomentado, pero interpretado de forma disfuncional: como una carga, una responsabilidad que había que sostener, un privilegio por el que sentirse en deuda, un talismán frágil que había que proteger, un fenómeno mágico fuera del propio control o un atributo incómodo que solo parecía servir a los demás.


Desde una perspectiva de la teoría del apego, el problema no es el don, sino el significado relacional que se le asigna:


El talento deja de ser una fuente de exploración y se convierte en una condición para seguir siendo querido.



Ejemplos:

  • El niño que destaca académicamente y escucha: “Con lo listo que eres, no puedes permitirte fallar”, aprendiendo que el error pone en riesgo el vínculo.

  • La niña sensible y empática a la que se le repite: “Tú eres la responsable de que estemos bien”, convirtiendo su capacidad emocional en una carga sistémica.

  • El hijo deportista que sostiene el orgullo familiar y aprende que su valor depende del resultado del domingo.


El don también pudo ser visto, pero malinterpretado como una tara: una excentricidad, un incordio, una manía, una pérdida de tiempo, una rareza que no encajaba en el proyecto familiar o social.

Aquí el mensaje es claro: “Eso que eres no tiene valor aquí”. El niño aprende por condicionamiento que expresarse tal como es no obtiene refuerzo, o peor aún, obtiene castigo.


Ejemplos:

  • El niño inquieto y creativo al que se le repite “no paras quieto”, “molestas”, “siempre estás en las nubes”.

  • La adolescente con talento artístico que oye: “Eso no te va a dar de comer, céntrate en algo serio”.

  • El niño introspectivo al que se etiqueta como raro o antisocial y aprende a ocultar su mundo interno.


Y en otros casos, el don estaba ahí, pero no fue visto con claridad y, en consecuencia, no se desarrolló como debía. Las formas de esta ceguera son múltiples:

  • Intuirse en la lejanía: esperar a ver si aparece, si la vida lo deja en la puerta como un paquete.

  • Evitar nuevas actividades porque “yo no tengo talentos de esos”.

  • Buscarse sin descanso: probar y probar queriendo ser brillante en algo, perdiendo de vista lo primero que hace falta para aprender: disfrutar haciéndolo.

  • Quedarse en fase embrionaria: “Yo hacía ESO durante horas cuando era niño, pero bah, ya no toca, que soy adulto”.

  • Crecer sin control ni guía: talento bruto que genera destellos y descalabros por igual; la clásica “estrellita” que se regatea a sí misma.

  • Aparecer en momentos inesperados: un episodio de brillo que deja a todos boquiabiertos y que, precisamente por eso, genera miedo a no poder repetirlo, llevando a la evitación.

  • Habitar el terreno poco fiable de los anhelos fantasiosos: “Algún día aparecerá algo en mí y seré grande”.


Suele haber un patrón común: el sistema no ofrece un lugar estable donde ese don pueda crecer con continuidad, límites y permiso.

No se trata de pensamiento mágico ni de esa consigna edulcorada que afirma que todos somos especiales o los mejores en algo. No. Se trata de reestructurar la relación con nuestras capacidades reales.


Nuestra autoestima (lo que me quiero) y, por extensión, nuestra autoeficacia (lo que me creo capaz de conseguir), es en gran medida producto de cómo hemos sido vistos. De cómo respondieron nuestras figuras de apego cuando nos expresábamos de forma espontánea.


Y tampoco se trata de la consigna moderna de “dejar a los niños explorar” sin más. Se trata de algo más exigente: si el niño explora, permitirlo y sostenerlo (protegiéndole de peligros reales); si no explora, observar, leer sus tendencias, y ofrecer dirección sin imponer un guion ajeno.


Cuando una tendencia natural no es reconocida, el niño aprende rápidamente qué conductas sí obtienen aprobación. Y las repite. No por falsedad, sino por supervivencia. Porque los niños nacen completamente dependientes y organizan su conducta para asegurar una provisión afectiva estable y predecible.


Esas conductas alternativas —ajenas al don original— podrán funcionar mejor o peor, pero casi siempre implican una renuncia interna: una adaptación que deja partes propias fuera del juego.


No, no todos somos campeones. Pero sí que todos podemos encontrar un ámbito donde sentir dominio suficiente, fluidez y sentido. Un terreno donde se combinan reto, disfrute e implicación, lo que la psicología del aprendizaje reconoce como condiciones óptimas para el desarrollo.


¿Por qué este tema es tan persistente? Porque quienes cargan con un don que pesa suelen intuirlo o buscarlo sin descanso. Y como aprendieron pronto a no buscar en sí mismos, acaban esperando que la vida les elija: que el azar, el destino, Dios, la inspiración o una escena de película les confirme quiénes son.

Ese relato —tan explotado por Hollywood— es la trampa. Delegamos en “la vida” lo que requiere voluntad, ensayo, error y sostén interno. Y lo hacemos porque nuestra historia de aprendizaje nos enseñó a desconfiar de nuestra iniciativa.


Pero no.

El don empieza y acaba en ti. Y en cómo te relacionas con él hoy, no en cómo fue tratado ayer.


Sentir insatisfacción por lo alcanzado no es una derrota. Es una señal. Indica que la forma de buscar no ha sido la adecuada.


Quizá no haya que ir más lejos, sino mirar mejor hacia dentro, por si hay algo que aún espera ser reconocido, no como promesa grandiosa, sino como capacidad viva.

 
 

Reflexiones, tips, metáforas y demás tecleos esporádicos para exprimir más esto de la terapia

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