Cuando tu cara sonríe, pero tu interior no le ve la gracia
- Juan
- 3 sept 2025
- 3 Min. de lectura
Imagina esto: llegas al trabajo, tu jefe te suelta una idea “genial” que significa triple de tareas y la mitad de tiempo. Por dentro estás gritando “¿en serio?”, pero por fuera sonríes con un elegante “claro, lo veo viable”. Ese choque entre lo que sientes y lo que muestras tiene nombre técnico: disonancia emocional. Y aunque suena como el título de un disco indie, en realidad es uno de los caminos más rápidos hacia el burnout.

Así denominan los expertos en disonancia emocional
la discrepancia radical entre emoción expresada y experimentada
El circo emocional en el trabajo
Los psicólogos lo llaman trabajo emocional. Básicamente, es el arte de usar tu cara y tu voz como si fueran parte de tu uniforme. Y se juega en tres modos principales:
Emoción natural (NE): lo que sientes coincide con lo que se espera. Ejemplo: cliente simpático → sonrisa genuina. Todo fluye.
Actuación superficial (SA): la sonrisa está, pero viene acompañada de dientes apretados y un tic en el ojo. Ejemplo: “me encanta que llegues tarde a la reunión otra vez”.
Actuación profunda (DA): intentas convencerte de verdad para sentir la emoción correcta. Ejemplo: respirar hondo y tratar a un pasajero malhumorado como si fuera un niño cansado en un avión: “pobrecito, seguro que no ha dormido bien”.
El problema es que cuando hay demasiada diferencia entre lo que sentimos y lo que mostramos, el cuerpo pasa factura, es la llamada Disonancia emocional en el puesto de trabajo. Y no hablamos de una factura simbólica: hablamos de agotamiento, cinismo y esa sensación de volverte un robot (hola, burnout).
Burnout: no es solo estar cansado
El burnout es ese punto en que ya no es que estés agotado, es que hasta las frases motivacionales de la oficina te dan sarpullido. Te cuesta conectar con la gente, pierdes la ilusión, y a veces hasta sientes que ya no eres tú mismo en el trabajo. Un clásico síntoma es empezar frases con: “yo antes disfrutaba de esto, pero…”.
El efecto Zoom y la sonrisa digital
Desde la pandemia, la cosa se ha puesto más creativa. Ahora existe la disonancia emocional versión Zoom: sostener una sonrisa mientras tu WiFi se congela, tu gato escala la cortina y tú piensas “si me da un micro-infarto, ¿lo verá alguien en pantalla?”.
Lo que dice la ciencia (traducido a humano)
El uso puntual de cualquiera de las tres estrategias no tiene especiales consecuencias, sin embargo, en determinados trabajos se tiende a adoptar un estilo de personalidad fijo, lo cual lleva a repetir estrategias que, de alguna manera, permiten salvar la situación, Sin embargo:
Fingir (la actuación superficial) desgasta muchísimo. Es como vivir con una máscara que se pega a la piel.
Tratar de sentir de verdad (actuación profunda) puede ser más sano… pero consume energía. Piensa en ello como intentar meditar en un atasco: posible, sí, pero intenso.
Cuanto más natural fluya tu emoción, menos tendrás que pagar en la factura del burnout.
Estrategias para no acabar fundido
Aquí unas prácticas probadas que suenan a sentido común, pero olvidamos justo cuando más las necesitamos:
Reinterpretar la situación: en vez de pensar “este cliente me odia”, probar con “este cliente está teniendo un mal día, igual que yo cuando no hay café”.
Mini-pausas: no subestimes el poder de ir por un vaso de agua, mirar por la ventana o hacer un meme mental de la situación.
Ser humano en el trabajo: compartir con un compañero de confianza que estás agotado es más sanador que una falsa sonrisa de ocho horas.
Mindfulness y autocompasión: no se trata de “poner la mente en blanco”, sino de aprender a no ser tu peor crítico interno. Menos “tengo que aguantar todo” y más “hoy hice lo que pude, y está bien”.
Negociar y rediseñar: rotar tareas, pedir apoyo, decir “no” de vez en cuando. Porque sí, aunque suene radical, decir “no” es también una estrategia de autocuidado.
En resumen: no somos actores de Broadway (a menos que lo seas, y entonces tu trabajo emocional es literal). Fingir constantemente emociones en el trabajo desgasta, y esa brecha entre lo que sentimos y mostramos es terreno fértil para el burnout. La buena noticia es que hay caminos más sostenibles: dar espacio a la autenticidad, cuidarnos con pausas, y recordar que tu salud emocional no debería ser el precio de tu productividad.


